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Asambleas, presupuestos participativos y referéndums: las innovaciones que marcan la nueva democracia

Day Of Victory Studio / Shutterstock

Vivimos una crisis de legitimación de las democracias y esta se está acompañando de dos movimientos importantes. De una parte, las instituciones implementan innovaciones democráticas orientadas a limitar la distancia entre la ciudadanía y las estructuras políticas. Con eso se busca aumentar la eficacia y la eficiencia de las políticas públicas. Por otro lado, asistimos a la irrupción de la sociedad exigiendo una profundización democrática en forma de movilizaciones, desobediencia civil e innovaciones participativas.

Sea vía invitación institucional, sea vía movilización, la entrada del siglo XXI viene marcada por una creciente extensión de instrumentos, propuestas e innovaciones participativas.

A la hora de ordenar y cartografiar esta miríada de propuestas debemos identificar las motivaciones e imaginarios democráticos sobre las que descansan. En esencia, son claves tres críticas que buscan profundizar la democracia.

Por un lado, la crítica deliberativa apuesta por profundizar la democracia a través de la deliberación pública. Para ello busca facilitar discusiones basadas en argumentos razonables y razonados entre personas elegidas al azar. Este es el caso de las asambleas ciudadanas, muchas de ellas orientadas a realizar propuestas para hacer frente a la crisis climática.

Las asambleas de Irlanda

Entre muchos ejemplos, quizá el más referencial, conocido y acabado sea el de las asambleas celebradas en Irlanda. En ellas un grupo de ciudadanos y ciudadanas elegido a través de una muestra representativa se pronunció ante la reforma constitucional en relación con el aborto.

Por otro lado, la crítica participativa aspira a convertir a la ciudadanía en sujeto de cambio en clave de igualdad y justicia social. Este acercamiento sigue la apuesta de referentes del pensamiento crítico como Fals Borda o Paulo Freire. Este es el espíritu de los Presupuestos Participativos, cuyo ejemplo paradigmático es el de Porto Alegre.

En ellos la ciudadanía, tras deliberar sobre las necesidades municipales, identifica una serie de propuestas que, tras una votación popular, son incorporadas al presupuesto municipal. No obstante, en su extensión a Europa esta innovación ha perdido parte de su lógica crítica, articuladora de redes y orientada a la justicia.

En tercer lugar, tenemos la crítica al modelo representativo, que apuesta por una democracia directa con la celebración regular de referéndums.

En cualquiera de los casos, en la práctica real, estas lógicas de democracia directa pueden hibridarse. Así, los presupuestos participativos incorporan la deliberación para la priorización de las propuestas a través de votaciones populares. De la misma forma, los procesos deliberativos pueden orientar el voto en referéndums.

Cuando la ciudadanía decide

Este es el caso de la Citicens’ Iniciative Review en Oregón (EE. UU.), que reúne un grupo de ciudadanos y ciudadanas escogidos al azar. Estas personas, tras escuchar a todas las partes implicadas, delimitan los pros y los contras de las propuestas sometidas a votación para facilitar la decisión de la ciudadanía. Con ello plantean los argumentos favorables y contrarios a la pregunta de cada referéndum.

Una cuarta innovación democrática asumiría un punto de partida más instrumental. La complejidad de ciertos problemas “malditos” obliga a una toma de decisiones asentada en la colaboración con la sociedad y sus organizaciones.

Así, la gobernanza colaborativa genera estructuras estables. En ellas, los actores afectados colaboran para realizar diagnósticos y proponer soluciones a problemas que requieren de la concertación de sectores y espacios sociales plurales.

En su estado óptimo, estas redes deben concitar a representantes políticos, técnicos y de la ciudadanía organizada y no organizada. Estas formas de gobernanza colaborativa pueden ser “dirigidas”, normalmente por una institución. Pueden ser “invitadas” por un actor neutral para todas las partes o pueden ser “autoorganizadas”, muchas veces por organizaciones sociales.

De esta forma, la gobernanza colaborativa aúna experiencias diversas como los Planes de Desarrollo Comunitario, los Consejos Consultivos o ciertos think tanks orientados a la toma de decisiones políticas (modelos autoorganizado, invitado y dirigido, respectivamente).

Dependiendo de quién sea el iniciador, los elementos centrales para el éxito son diferentes. En el caso de las instituciones como iniciadoras es clave el liderazgo político y los incentivos. En el caso de las apuestas por invitación es clave que los actores compartan una serie de principios de trabajo, así como la legitimidad del activador. En el de las que nacen de forma autoorganizada, normalmente desde la sociedad civil, la clave es la existencia de un relato compartido sobre la problemática y el territorio.

Instituciones y sociedad colaboran

En todas ellas, finalmente, es fundamental una identificación transversal de la importancia de la temática, la conciencia de las partes en la necesidad de apoyarse en una pluralidad de actores. Y, sobre todo, un horizonte en el que la institución y las organizaciones sociales colaboran de forma horizontal y corresponsable.

En la práctica, estos cuatro carriles se hibridan configurando una trama de posibilidades que ilumina la cartografía de otras democracias que también son posibles. Sobre ellas debatimos en Bilbao el pasado abril con referentes como Yanina Welp, Oliver Escobar, Yves Sintomer o Azucena Morán. Personalidades claves en esta temática que forman parte de un programa formativo que a buen seguro será del interés de quien desee profundizar en metodologías participativas para la profundización democrática

The Conversation

Igor Ahedo Gurrutxaga does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.