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La selección: nuestros amigos los microbios

Ashraf50/Shutterstock

Últimamente, a los microorganismos –bacterias, hongos, virus, etc.– les está pasando lo mismo que a algunos personajes de películas de suspense, cuando el presunto villano se convierte inesperadamente en el bueno de la función. En este caso, es un giro de guión justificado y más que avalado por la ciencia, pero aún así sigue cundiendo demasiado la idea de que el único microbio bueno es el microbio muerto.

Echemos una ojeada al interior de nuestro organismo, habitado por diez veces más microorganismos que células propias: la microbiota. El buen o mal estado de este ecosistema invisible a simple vista afecta directamente a nuestra salud hasta el extremo de que sus alteraciones (disbiosis) se han relacionado con el cáncer, el párkinson, la diabetes, la obesidad y otras enfermedades.

Además, un corpus creciente de investigaciones afianza la existencia de una conexión entre la microbiota intestinal (la más abundante del cuerpo humano) y el funcionamiento del cerebro. Nuestro humor y equilibrio mental podrían depender de las bacterias que colonizan el sistema digestivo. De hecho, algunas de ellas sintetizan neurotransmisores tan importantes para la conducta y el estado de ánimo como la dopamina, la serotonina y la norepinefrina.

Cada vez está más claro que quien tiene una microbiota sana tiene un tesoro. Algunos científicos incluso sugieren que guardemos las heces –un reservorio de nuestra “fauna” microbiana– cuando somos jóvenes. Sería algo similar a lo de conservar la sangre del cordón umbilical del recién nacido para usarlo en caso de futuros problemas de salud.

Como nos contaba Manuel Sánchez Angulo, profesor de Microbiología de la Universidad Miguel Hernández, un experimento demostró que los trasplantes fecales de ratones jóvenes a ejemplares ancianos reducían los fenómenos inflamatorios en el cerebro, la retina y el intestino de estos últimos. Es decir, les hacían “rejuvenecer”.

Así que, ojo con hacer de menos a los microorganismos, incluso a aquellos cuya sola mención nos eriza la piel. Porque hasta la bacteria Escherischia coli, célebre y temida como causante de graves infecciones, merecería un reconocimiento público por sus servicios prestados a la ciencia.

Gracias a E. coli, el ser vivo más estudiado y mejor comprendido del planeta, se han podido sintetizar en el laboratorio biocompuestos terapéuticos tan providenciales como la hormona de crecimiento, la vacuna contra la meningitis o la propia insulina. La reivindicaban en un artículo Yersain Ely Keller de la Rosa y Kevin Navarrete, de la Universidad Nacional Autónoma de México y la Czech Academy of Sciences,

Y finalmente, la microbióloga Jéssica Gil Serna, de la Universidad Complutense de Madrid, rompía una lanza a favor de los llamados agentes de control biológico, microorganismos que eliminan a otros microbios patógenos en su propio terreno: las plantas de cultivo.

Un buen ejemplo es la Trichoderma, hongo que exhibe todo el arsenal de estos aliados microscópicos: crece rápidamente, fabrica compuestos antimicrobianos y estimula las defensas de las plantas. Sin embargo, su propiedad más increíble es lo que se conoce como hiperparasitismo. Trichoderma es capaz oprimir otros hongos patógenos como si fuera una boa constrictor y producir enzimas que rompen las células del enemigo. Un auténtico Terminator al servicio de la agricultura.

The Conversation