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La socialdemocracia sueca, tabla de salvación para los perseguidos por la dictadura de Pinochet

Manifestación en Suecia en contra de la dictadura chilena. Embajada de Suecia en Chile / Museo de la Memoria y los Derechos Humanos

Escuchar hablar en español no es algo fuera de lo común en Suecia: alrededor de 150 000 personas lo hablan de manera cotidiana. Aproximadamente un tercio son chilenos, o sus descendientes. El resto proceden de otros países hispanohablantes. Por eso el acento chileno predomina en Suecia sobre otros acentos latinos.

Este fenómeno no ocurre en ningún otro país europeo y, para quienes desconocen las razones que hay detrás de la fuerte presencia chilena en tierras suecas, resulta extraño.

La distancia geográfica que hay entre los dos países –casi 13 000 kilómetros– y la escasa historia común no favorecen la comprensión de la fuerte presencia chilena en el país escandinavo.

Por eso resulta esencial comprender la enorme importancia que tuvo Suecia como tierra de acogida del exilio chileno tras el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973.

La dura represión que se puso en marcha entonces, y que perduró hasta el final de la dictadura (1990), generó una enorme indignación tanto en el gobierno como en la sociedad sueca.

Manifestantes en Suecia con una pancarta de apoyo a Chile.
Manifestantes en Suecia con una pancarta de apoyo a Chile.
Embajada de Suecia en Chile / Museo de la Memoria y los Derechos Humanos

Socialdemocracia de avanzada

Para entender el compromiso solidario asumido por el Estado sueco hay que pensar en quién era su primer ministro en el momento de producirse el golpe militar: el socialdemócrata Olof Palme.

Con Palme al frente del Gobierno desde 1969, en 1973 Suecia ya era un referente en el mundo por su solidaridad con las causas del entonces denominado Tercer Mundo, especialmente la descolonización y el imperialismo. De ahí su apoyo económico a movimientos de liberación africanos. Su gobierno también denunció las prácticas represoras de Portugal en sus colonias y criticó la actuación de Estados Unidos en Vietnam.

La España franquista, el régimen del apartheid en Sudáfrica o la situación de los palestinos también fueron objeto de denuncia por parte de las autoridades políticas suecas, especialmente por el propio Olof Palme, y por Pierre Schori y Sten Andersson, dos de sus colaboradores más cercanos.

Chile, la vía del cambio

Salvador Allende era visto en Suecia como la gran esperanza para Chile y el mundo. La puesta en práctica de un programa reformista por la vía democrática demostraba que no era necesaria la violencia para poder aplicar cambios profundos en sociedades con altos niveles de desigualdad entre ricos y pobres.

Además, la presencia en el gobierno de Allende de partidos políticos de izquierda pero independientes de Moscú hacía ver que era posible el desarrollo de alternativas políticas propias, lejos de los intereses de las superpotencias del momento.

Sin embargo, los intereses geopolíticos de Washington coincidían con los de las clases dominantes de Chile, y ambas fuerzas supusieron enormes trabas para el gobierno de Allende. Palme decidió entonces apoyar política y económicamente a la Unidad Popular para que pudiera hacer frente a las agresiones de sus enemigos. Pese a ello, el golpe no pudo evitarse.

El embajador Edelstam

Un segundo factor, determinante para entender la llegada a Suecia de exiliados chilenos –pero también nacionales de otros países latinoamericanos que se encontraban en Chile en el momento del golpe en calidad de exiliados que huían de los regímenes de Bolivia, Brasil y Uruguay, entre otros–, fue que el diplomático Harald Edelstam estuviera a cargo de la Embajada de Suecia en Santiago.

El embajador Edelstam ya era conocido en el Ministerio de Asuntos Exteriores sueco por su fuerte compromiso en la defensa de los derechos humanos. Así lo había demostrado en destinos anteriores: en Oslo, durante la ocupación nazi; en Indonesia y en Guatemala (donde estuvo justo antes de asumir su puesto en Chile).

La consternación que le generó el terror desatado en Chile desde la misma mañana del 11 de septiembre le hizo reaccionar con rapidez y valentía. Su primera medida fue proteger la embajada cubana, que estaba siendo agredida por las fuerzas armadas chilenas. Gracias a su mediación terminaron los combates y los funcionarios cubanos –junto a quienes se habían refugiado en la embajada– pudieron salir del país, dejando el edificio bajo el amparo de la embajada sueca.

Igualmente, brindó protección a perseguidos políticos de distintas organizaciones, así como a dirigentes o personalidades destacadas de la Unidad Popular.

Una nueva vida

Los distintos recintos diplomáticos bajo bandera sueca se llenaron de asilados, quienes, de manera progresiva, fueron saliendo del país, en su mayoría hacia Suecia, pero también hacia otros destinos (México, Canadá, Cuba y Venezuela, entre otros).

Una vez en Suecia, los refugiados eran atendidos por las autoridades migratorias y, generalmente, eran reubicados temporalmente en campamentos. Se les daba alojamiento, recibían cursos de lengua y cultura sueca y se les entregaban los bienes necesarios para su nueva vida en el país.

Normalmente, después de seis meses se instalaban en ciudades como Estocolmo, Gotemburgo, Malmö, Umeå o Uppsala, entre muchas otras. Allí se les ayudaba a encontrar un oficio, normalmente similar al que ya tenían en Chile.

Niños chilenos comiendo en un comedor en Suecia.
Embajada de Suecia en Chile / Museo de la Memoria y los Derechos Humanos

Neoliberalismo rampante

Pese a la lejanía y la dureza del clima, las buenas condiciones de vida hicieron que Suecia se convirtiera también en un destino de interés para los más afectados por las políticas neoliberales que se empezaron a implementar en Chile.

Sobre todo, y de manera drástica, a partir de 1975, de la mano de los Chicago Boys, un grupo de economistas chilenos que habían realizado sus estudios de posgrado en la Universidad de Chicago bajo la dirección de Milton Friedman.

Fue así como, durante los 17 años del régimen militar, Suecia se convirtió en un importante destino para los chilenos que huían de la represión y las políticas económicas de Augusto Pinochet.

The Conversation

Fernando Camacho Padilla does not work for, consult, own shares in or receive funding from any company or organisation that would benefit from this article, and has disclosed no relevant affiliations beyond their academic appointment.