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Diez razones para volver a Stanley Donen

De izquierda a derecha, Cary Grant, Audrey Hepburn y Stanley Donen, en el rodaje de ‘Charada’. Universal Pictures Company Inc.

Las escalas de valores, las jerarquías y los cánones están sometidos a cambio de manera permanente, pero las transformaciones que están teniendo lugar en las últimas décadas conllevan una modificación aún más profunda de la percepción de la valía del arte y de las obras concretas de los artistas.

Es el caso de un fenómeno relativamente joven como el cinematográfico. El Hollywood de mediados del siglo veinte está considerado como el máximo exponente de un sistema y una visión del mundo ya caducas, por lo que la apreciación de películas y filmografías está experimentando sacudidas casi cataclísmicas: lo que antaño fue excelso hoy es sometido a crítica, mientras que aquello otro que era despreciado empieza por ser digno de estudio para a continuación devenir modélico.

Ahora se cumplen cien años del nacimiento de Stanley Donen, una cifra redonda que invita a actualizar la valoración acerca de cualquier cosa, también de la carrera de un cineasta. Y lo cierto es que la reflexión en torno a esta, tanto en términos genéricos como si se atiende a lo concreto, resulta iluminadora en aspectos muy diversos.

Allá van diez características del personaje por las que puede merecer la pena revisar su producción desde una óptica contemporánea y reivindicar su figura.

1. Un joven con talento

Donen fue tempranamente ensalzado como genio precoz, una categoría que, en manos de la industria y la prensa especializada, aún hoy posee gran relevancia a la hora de conducir la percepción popular.

Debutó como director –a medias con Gene Kelly– con Un día en Nueva York, un éxito resonante con solo veinticinco años. Tenía uno menos que el enfant terrible por excelencia del medio cinematográfico, Orson Welles, cuando hizo Ciudadano Kane.

Pero es que con diecinueve Donen ya andaba bailando por Hollywood. Con veinte años coreografiaba Levando anclas mano a mano con Frank Sinatra y Kelly –su actor fetiche–, y a los veintiocho estaba plenamente consagrado gracias a su cuarto largometraje, el celebérrimo Cantando bajo la lluvia.

2. Pocos pero necesarios premios

A pesar de todo, la Academia de Hollywood lo ninguneó: solo en fecha tan tardía como 1998 se le otorgó un Óscar honorífico. Jamás fue candidato en la categoría de dirección, ni a los Globos de Oro. Sí, en cambio, a los premios del Sindicato de Directores, en cinco ocasiones, aunque en todas ellas fue derrotado.

A cambio de esperar décadas por el Óscar, cuando Donen recibió el honorífico de manos de Martin Scorsese, ejecutó uno de los mejores discursos de agradecimiento de la historia de los premios. Dijo (a partir del minuto 2.35) que en momentos como esos las palabras no eran suficientes y que, en los musicales, sería el momento ideal para cantar. Y eso hizo: entonar ‘Cheek to Cheek’, popularizada por Fred Astaire en Sombrero de copa, y rematarlo con unos pasos de claqué.

Tampoco en el circuito de festivales tuvo mejor suerte: únicamente la Concha de Oro a la mejor película por Dos en la carretera adornó su vitrina.

3. Un genio del ritmo

Fue un maestro del musical, uno de los géneros más revalorizados en los últimos tiempos tanto entre el público como para la crítica y el ámbito académico.

De las veintiocho películas que filmó, diecisiete se adscriben al género: las doce primeras, de una tacada, en su periodo de esplendor, con títulos como Bodas reales, Siete novias para siete hermanos, Siempre hace buen tiempo o Una cara con ángel. Entre las últimas se encuentran extravagancias como la adaptación de Antoine de Saint-Exúpery El principito o la deconstructiva Movie Movie.

Probablemente, una de las escenas más alegres de la historia del cine. Gene Kelly cantando bajo la lluvia.

4. … y de todos los demás géneros

Al mismo tiempo, una vez que se animó a tantear otros terrenos, se prodigó en la alta comedia (Indiscreta, Página en blanco), el suspense (Charada, Arabesco), la comedia romántica (Dos en la carretera), el drama (La escalera), la acción (Los aventureros del Lucky Lady) e incluso la ciencia ficción (Saturno 3).

5. Carrera desigual

Su carrera fue un puro altibajo: no es que fuera desahuciado una vez, sino varias.

Cuando el sistema de estudios se hundía, se alió con Cary Grant para fundar Grandon Productions, una productora a través de la que controlar sus propios proyectos. La experiencia fue efímera.

Un hombre joven sujeta una claqueta delante de una pareja que se ríe.
Stanley Donen finaliza el rodaje de Indiscreta, con Cary Grant e Ingrid Bergman, la primera película producida por Grandon Productions.
FilmAffinity

Los volúmenes de producción que sacó adelante hasta y a partir de 1960 son elocuentes acerca de las dificultades a las que hubo de enfrentarse en la segunda parte de su trayectoria, la más extensa: diecisiete películas en los doce años que median entre 1940 y 1960, con hasta tres títulos por año, pero solo once en las cuatro décadas que siguen hasta su despedida. Más triste aún: tres lustros separan su último trabajo para la pantalla grande, Lío en Río, y su humilde despedida, el modesto telefilm Cartas de amor (1999). Tras esto, veinte años de impotencia creativa hasta su fallecimiento en 2019.

6. De los estudios al cine de autor

Evolucionó de manera consciente, forzado por las circunstancias y de manera en parte fallida, pero con honestidad e inteligencia.

Su reconversión de artesano al servicio de los grandes estudios en autor a la moda europea dio como fruto un ramillete de películas insólitas, todas ellas fracasadas tanto entre la crítica como en taquilla (a excepción de Dos en la carretera) y a día de hoy olvidadas. Sin embargo, estos intentos atestiguan un afán de experimentación y una personalidad tanto más poliédrica que la de muchos genios consagrados por la tradición.

Escena de Dos en la carretera, protagonizada por Albert Finney y Audrey Hepburn.

7. Cómo se cuentan las historias

La reflexión a propósito del espectáculo y el hecho fílmicos, que se van a convertir en el eje en torno al que giran tanto la narrativa como la estética de la contemporaneidad, tienen en él a uno de sus más tempranos y obsesivos cultivadores. La estructura rota de Dos en la carretera brota de la asimilación para el mainstream de las enseñanzas de las escrituras europeas que surgen del movimiento literario francés nouveau roman y los nuevos cines.

8. La autoficción en pantalla

Rodó películas que se prestan a ser leídas en términos autoficcionales, como un juego de espejos entre su vida y su obra. Aquí resulta imposible no referirse de nuevo a Dos en la carretera, su obra maestra lejos de los estudios. Donen, entonces divorciado dos veces –lo haría tres veces más–, se identificó de inmediato con el argumento ideado por Frederic Raphael.

Tampoco Siempre hace buen tiempo es otra cosa que la crónica en clave de su ruptura artística con su primer gran partenaire, Gene Kelly. O Lío en Río un testimonio en primera persona de la crisis de la mediana edad, por no decir una temprana reflexión acerca del declive del concepto de la masculinidad tradicional.

9. Es historia del cine

Se rodeó de los mejores actores, guionistas y técnicos, estadounidenses o no. Su obra invita a explorar de manera arbórea casi toda la historia del cine, desde sus orígenes (pues llegó a coincidir con pioneros del mudo) hasta nuestros días.

Más allá del placer y la mitomanía, un repaso cronológico permite desvelar tanto la evolución de la estética y la narrativa cinematográfica desde la II Guerra Mundial hasta el cambio de milenio como del concepto de estrellato y la nómina de los principales astros de cada momento.

Escena de la película Charada, protagonizada por Cary Grant y Audrey Hepburn y dirigida por Donen.

10. Y su obra envejece bien

Donen era blanco, heterosexual y sureño. Distaba de ser un cineasta comprometido y, si en algún aspecto pudo haberse identificado con la causa de alguna minoría, como la del judaísmo de sus ancestros, el compromiso brilla por su ausencia en su obra.

Sin embargo, se atrevió a rodar una muy descarnada radiografía de una pareja homosexual en su etapa de decadencia: La escalera, con Richard Burton y Rex Harrison. Y la empatía que exhibió en Dos en la carretera con el personaje femenino, extensible al de la práctica totalidad de las heroínas de la segunda parte de su filmografía (otra vez Audrey Hepburn en Charada, la Sophia Loren de Arabesco, la Liza Minelli de Lucky Lady…) se prestarían a una relectura en clave feminista que, que sepamos, sigue pendiente.

The Conversation

Agustín Rubio Alcover no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.